lunes, 9 de marzo de 2015

1. El despertar

No recuerdo nada de lo ocurrido antes de aquel día; no quedan nombres, fechas o constancia alguna de mi vida pasada.
Mis recuerdos comenzaron hace ya algunos años: mis ojos se abrieron repentinamente, mis músculos se activaron y sentí latir mi corazón. Estaba tumbado y sentía un frío helador, el viento soplaba con fuerza y mi cansada visión solo observaba las copas de unos altos árboles. Poco a poco, y tras pasar largos minutos recobrando fuerzas, me levanté. En cuanto pude cerciorarme de mi buen estado de salud elevé curiosamente la vista. 
Me encontraba en un frondoso bosque de pinos bañado por un palmo de nieve virgen, en ella se podían distinguir las huellas de ciervos, lobos y algún otro animal que habrían pasado por allí hace algunas horas. El sol brillaba con fuerza; una fuerza innecesaria para dar el calor que ese congelado bosque necesitaba.
Por mi parte, era un chico joven (de unos 20 años), alto y de complexión fuerte. Llevaba puesto unas extrañas ropas que no reconocía: una camisa gris (cuyo color original debía ser el blanco) y unos pantalones casi bombachos que eran, a mi parecer, muy antiguos. Iba completamente descalzo.
Estaba desorientado y agotado, pero sobre todo hambriento, lo que me hizo caminar en busca de civilización. Decidí seguir el curso de un serpenteante riachuelo helado. 
Antes de comenzar el trayecto rompí con una piedra el hielo del río y conseguí beber una muy decente cantidad de agua. Eso me renovó las fuerzas para aguantar los mil males que me esperarían. Tras unos minutos andando, mis pies comenzaron a entumecerse a causa de la nieve y el hielo. Tuve que detenerme varias veces para descansar. El a primera vista bellísimo paisaje se volvía a cada paso un poco más hostil e impenetrable. Las escondidas raíces parecían hacerme la zancadilla y las puntiagudas rocas eran invisibles a mis desesperanzados ojos.
Por fin, encontré un claro: me encontraba en la falda de una enorme montaña, esta se encontraba dando sombra a un blanco y profundo valle. 
Tras pasar varios minutos oteando el paisaje, divisé el humo de una hoguera. Se encontraba más allá del valle, incluso más allá de las lejanas colinas que se veían en el horizonte. 
Sin pensármelo dos veces y aun sabiendo los peligros que habitaban el bosque, decidí proseguir la marcha. Aunque seguía muy hambriento, una sensación de alegría me inundó, pero no duraría mucho tiempo.


No te pierdas el próximo capítulo.


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