Historias desde otra tierra
Hacia lo salvaje
lunes, 9 de mayo de 2016
miércoles, 11 de marzo de 2015
2. Largos senderos
Tras mi interesante avistamiento y
mi posterior decisión de continuar, me encontraba bajando por una empinada
pendiente. Miraba al cielo constantemente para asegurarme de que la columna de
humo, un humo negro y denso, seguía allí. Una de estas veces, al volver a poner
la vista en el suelo, examiné las numerosas huellas y rastros que dejaban los
animales. Pero una de ellas me dejó realmente angustiado: era una enorme y
redonda huella, más grande que mi cabeza, que había aplastado más de medio
metro de nieve. Sabía que sobrevivir allí iba a ser muy duro si no encontraba a
más gente.
La frondosidad del bosque pronto
disminuyó y el terreno se fue allanando progresivamente. Aunque algunos
problemas, como el dolor de pies, se solucionaron solos, otros en cambio
aparecieron repentinamente: la noche acechaba el lugar.
En cuanto el último rayo de sol dejó
de iluminar, el valle se convirtió en un criadero de nuevos sonidos, las
bestias que vivían allí parecían enfadadas y alteradas. Los aullidos de los
carnívoros quedaban casi sepultados por rugidos, bramas y constantes mugidos.
Aunque estaba asustado y tenía frío
y hambre, me acurruqué en el suelo y me dispuse a dormir. Por supuesto no lo
conseguí: los sonidos se acercaban cada vez más y unas rápidas pisadas me
rodeaban. Traté de levantarme pero el miedo me dominó, me quedé inmóvil ante
una muerte inminente.
Por fin, y tras unos segundos que
parecieron horas, pude ver a mis adversarios: una numerosa jauría de lobos me
tenía completamente acorralado. Uno de ellos, el más grande y fuerte, tenía una
profunda cicatriz en la cara y el cuello, era el líder de aquellos sarnosos
cazadores.
Esta vez no saldría con vida.
Poco a poco, los cánidos se
acercaban, silenciosos, tratando de no asustarme. Mi cerebro finalmente
reaccionó y pude arrancar una pesada rama de un árbol cercano. Con ella, los
mantuve a raya durante varios minutos. Incluso llegué a herir a uno de ellos en
el costado, lo que en vez de asustar a mis contrincantes, los alentó.
Me superaban en número, en fuerza y
hasta en ganas de vivir.
Estaba a punto de caer desfallecido
cuando una gigantesca bestia emergió de la oscuridad. Era un poderoso mamut. El
colosal animal salió en mi defensa atacando ágilmente a la manada y asestando,
con sus duros colmillos, golpes mortales a varios lobos. Éstos, después de unos
sangrientos mordiscos a mi salvador, se vieron derrotados y huyeron
despavoridos del lugar.
Tras acabar con la amenaza, el
mamut, que tenía una dolorosa herida en una pata, se acercó a mí, me miró
fijamente durante unos segundos y se fue tranquilo, cojeando, entre la
penumbra.
Nunca olvidé como esa noble criatura
salvó mi delicada vida, favor que tiempo más tarde le sería devuelto.
No te pierdas el próximo capítulo.
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lunes, 9 de marzo de 2015
1. El despertar
No recuerdo nada de lo ocurrido
antes de aquel día; no quedan nombres, fechas o constancia alguna de mi vida
pasada.
Mis
recuerdos comenzaron hace ya algunos años: mis ojos se abrieron repentinamente,
mis músculos se activaron y sentí latir mi corazón. Estaba tumbado y sentía un
frío helador, el viento soplaba con fuerza y mi cansada visión solo observaba
las copas de unos altos árboles. Poco a poco, y tras pasar largos minutos
recobrando fuerzas, me levanté. En cuanto pude cerciorarme de mi buen estado de
salud elevé curiosamente la vista.
Me
encontraba en un frondoso bosque de pinos bañado por un palmo de nieve virgen,
en ella se podían distinguir las huellas de ciervos, lobos y algún otro animal
que habrían pasado por allí hace algunas horas. El sol brillaba con fuerza; una
fuerza innecesaria para dar el calor que ese congelado bosque necesitaba.
Por mi
parte, era un chico joven (de unos 20 años), alto y de complexión fuerte.
Llevaba puesto unas extrañas ropas que no reconocía: una camisa gris (cuyo
color original debía ser el blanco) y unos pantalones casi bombachos que eran,
a mi parecer, muy antiguos. Iba completamente descalzo.
Estaba
desorientado y agotado, pero sobre todo hambriento, lo que me hizo caminar en
busca de civilización. Decidí seguir el curso de un serpenteante riachuelo
helado.
Antes de
comenzar el trayecto rompí con una piedra el hielo del río y conseguí beber una
muy decente cantidad de agua. Eso me renovó las fuerzas para aguantar los mil
males que me esperarían. Tras unos minutos andando, mis pies comenzaron a
entumecerse a causa de la nieve y el hielo. Tuve que detenerme varias veces para
descansar. El a primera vista bellísimo paisaje se volvía a cada paso un poco
más hostil e impenetrable. Las escondidas raíces parecían hacerme la zancadilla
y las puntiagudas rocas eran invisibles a mis desesperanzados ojos.
Por fin,
encontré un claro: me encontraba en la falda de una enorme montaña, esta se
encontraba dando sombra a un blanco y profundo valle.
Tras pasar
varios minutos oteando el paisaje, divisé el humo de una hoguera. Se encontraba
más allá del valle, incluso más allá de las lejanas colinas que se veían en el
horizonte.
Sin
pensármelo dos veces y aun sabiendo los peligros que habitaban el bosque,
decidí proseguir la marcha. Aunque seguía muy hambriento, una sensación de
alegría me inundó, pero no duraría mucho tiempo.
No te pierdas el próximo capítulo.
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