Tras mi interesante avistamiento y
mi posterior decisión de continuar, me encontraba bajando por una empinada
pendiente. Miraba al cielo constantemente para asegurarme de que la columna de
humo, un humo negro y denso, seguía allí. Una de estas veces, al volver a poner
la vista en el suelo, examiné las numerosas huellas y rastros que dejaban los
animales. Pero una de ellas me dejó realmente angustiado: era una enorme y
redonda huella, más grande que mi cabeza, que había aplastado más de medio
metro de nieve. Sabía que sobrevivir allí iba a ser muy duro si no encontraba a
más gente.
La frondosidad del bosque pronto
disminuyó y el terreno se fue allanando progresivamente. Aunque algunos
problemas, como el dolor de pies, se solucionaron solos, otros en cambio
aparecieron repentinamente: la noche acechaba el lugar.
En cuanto el último rayo de sol dejó
de iluminar, el valle se convirtió en un criadero de nuevos sonidos, las
bestias que vivían allí parecían enfadadas y alteradas. Los aullidos de los
carnívoros quedaban casi sepultados por rugidos, bramas y constantes mugidos.
Aunque estaba asustado y tenía frío
y hambre, me acurruqué en el suelo y me dispuse a dormir. Por supuesto no lo
conseguí: los sonidos se acercaban cada vez más y unas rápidas pisadas me
rodeaban. Traté de levantarme pero el miedo me dominó, me quedé inmóvil ante
una muerte inminente.
Por fin, y tras unos segundos que
parecieron horas, pude ver a mis adversarios: una numerosa jauría de lobos me
tenía completamente acorralado. Uno de ellos, el más grande y fuerte, tenía una
profunda cicatriz en la cara y el cuello, era el líder de aquellos sarnosos
cazadores.
Esta vez no saldría con vida.
Poco a poco, los cánidos se
acercaban, silenciosos, tratando de no asustarme. Mi cerebro finalmente
reaccionó y pude arrancar una pesada rama de un árbol cercano. Con ella, los
mantuve a raya durante varios minutos. Incluso llegué a herir a uno de ellos en
el costado, lo que en vez de asustar a mis contrincantes, los alentó.
Me superaban en número, en fuerza y
hasta en ganas de vivir.
Estaba a punto de caer desfallecido
cuando una gigantesca bestia emergió de la oscuridad. Era un poderoso mamut. El
colosal animal salió en mi defensa atacando ágilmente a la manada y asestando,
con sus duros colmillos, golpes mortales a varios lobos. Éstos, después de unos
sangrientos mordiscos a mi salvador, se vieron derrotados y huyeron
despavoridos del lugar.
Tras acabar con la amenaza, el
mamut, que tenía una dolorosa herida en una pata, se acercó a mí, me miró
fijamente durante unos segundos y se fue tranquilo, cojeando, entre la
penumbra.
Nunca olvidé como esa noble criatura
salvó mi delicada vida, favor que tiempo más tarde le sería devuelto.
No te pierdas el próximo capítulo.
Visita Curiosidades del mundo para saber más acerca de la historia y la tecnología.