No recuerdo nada de lo ocurrido
antes de aquel día; no quedan nombres, fechas o constancia alguna de mi vida
pasada.
Mis
recuerdos comenzaron hace ya algunos años: mis ojos se abrieron repentinamente,
mis músculos se activaron y sentí latir mi corazón. Estaba tumbado y sentía un
frío helador, el viento soplaba con fuerza y mi cansada visión solo observaba
las copas de unos altos árboles. Poco a poco, y tras pasar largos minutos
recobrando fuerzas, me levanté. En cuanto pude cerciorarme de mi buen estado de
salud elevé curiosamente la vista.
Me
encontraba en un frondoso bosque de pinos bañado por un palmo de nieve virgen,
en ella se podían distinguir las huellas de ciervos, lobos y algún otro animal
que habrían pasado por allí hace algunas horas. El sol brillaba con fuerza; una
fuerza innecesaria para dar el calor que ese congelado bosque necesitaba.
Por mi
parte, era un chico joven (de unos 20 años), alto y de complexión fuerte.
Llevaba puesto unas extrañas ropas que no reconocía: una camisa gris (cuyo
color original debía ser el blanco) y unos pantalones casi bombachos que eran,
a mi parecer, muy antiguos. Iba completamente descalzo.
Estaba
desorientado y agotado, pero sobre todo hambriento, lo que me hizo caminar en
busca de civilización. Decidí seguir el curso de un serpenteante riachuelo
helado.
Antes de
comenzar el trayecto rompí con una piedra el hielo del río y conseguí beber una
muy decente cantidad de agua. Eso me renovó las fuerzas para aguantar los mil
males que me esperarían. Tras unos minutos andando, mis pies comenzaron a
entumecerse a causa de la nieve y el hielo. Tuve que detenerme varias veces para
descansar. El a primera vista bellísimo paisaje se volvía a cada paso un poco
más hostil e impenetrable. Las escondidas raíces parecían hacerme la zancadilla
y las puntiagudas rocas eran invisibles a mis desesperanzados ojos.
Por fin,
encontré un claro: me encontraba en la falda de una enorme montaña, esta se
encontraba dando sombra a un blanco y profundo valle.
Tras pasar
varios minutos oteando el paisaje, divisé el humo de una hoguera. Se encontraba
más allá del valle, incluso más allá de las lejanas colinas que se veían en el
horizonte.
Sin
pensármelo dos veces y aun sabiendo los peligros que habitaban el bosque,
decidí proseguir la marcha. Aunque seguía muy hambriento, una sensación de
alegría me inundó, pero no duraría mucho tiempo.
No te pierdas el próximo capítulo.
Muy buen relato, con ganas de más
ResponderEliminarGracias, habrá más.
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