miércoles, 11 de marzo de 2015

2. Largos senderos

Tras mi interesante avistamiento y mi posterior decisión de continuar, me encontraba bajando por una empinada pendiente. Miraba al cielo constantemente para asegurarme de que la columna de humo, un humo negro y denso, seguía allí. Una de estas veces, al volver a poner la vista en el suelo, examiné las numerosas huellas y rastros que dejaban los animales. Pero una de ellas me dejó realmente angustiado: era una enorme y redonda huella, más grande que mi cabeza, que había aplastado más de medio metro de nieve. Sabía que sobrevivir allí iba a ser muy duro si no encontraba a más gente.
La frondosidad del bosque pronto disminuyó y el terreno se fue allanando progresivamente. Aunque algunos problemas, como el dolor de pies, se solucionaron solos, otros en cambio aparecieron repentinamente: la noche acechaba el lugar.
En cuanto el último rayo de sol dejó de iluminar, el valle se convirtió en un criadero de nuevos sonidos, las bestias que vivían allí parecían enfadadas y alteradas. Los aullidos de los carnívoros quedaban casi sepultados por rugidos, bramas y constantes mugidos.
Aunque estaba asustado y tenía frío y hambre, me acurruqué en el suelo y me dispuse a dormir. Por supuesto no lo conseguí: los sonidos se acercaban cada vez más y unas rápidas pisadas me rodeaban. Traté de levantarme pero el miedo me dominó, me quedé inmóvil ante una muerte inminente.
Por fin, y tras unos segundos que parecieron horas, pude ver a mis adversarios: una numerosa jauría de lobos me tenía completamente acorralado. Uno de ellos, el más grande y fuerte, tenía una profunda cicatriz en la cara y el cuello, era el líder de aquellos sarnosos cazadores.
Esta vez no saldría con vida.
Poco a poco, los cánidos se acercaban, silenciosos, tratando de no asustarme. Mi cerebro finalmente reaccionó y pude arrancar una pesada rama de un árbol cercano. Con ella, los mantuve a raya durante varios minutos. Incluso llegué a herir a uno de ellos en el costado, lo que en vez de asustar a mis contrincantes, los alentó.
Me superaban en número, en fuerza y hasta en ganas de vivir.
Estaba a punto de caer desfallecido cuando una gigantesca bestia emergió de la oscuridad. Era un poderoso mamut. El colosal animal salió en mi defensa atacando ágilmente a la manada y asestando, con sus duros colmillos, golpes mortales a varios lobos. Éstos, después de unos sangrientos mordiscos a mi salvador, se vieron derrotados y huyeron despavoridos del lugar.
Tras acabar con la amenaza, el mamut, que tenía una dolorosa herida en una pata, se acercó a mí, me miró fijamente durante unos segundos y se fue tranquilo, cojeando, entre la penumbra. 
Nunca olvidé como esa noble criatura salvó mi delicada vida, favor que tiempo más tarde le sería devuelto.


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